sábado, 19 de septiembre de 2009

Reflexionemos tranquilamente sobre la crisis

He estado leyendo este artículo y este artículo de Santiago Niño Becerra y los comentarios a los mismos que los asiduos al blog Crisis Económica 2010 han incorporado. Además, he recogido las sensaciones que en estos últimos días me han trasladado varias personas sobre la crisis que vivimos. Y de todo ello voy a divagar en las próximas líneas. Y digo divagar porque tengo un grado de confusión bastante elevado sobre el momento en que nos encontramos y las vías de solución y posiblemente será esa confusión la que os traslade.

Para que sea más sencillo sólo voy a analizar lo que pasa en el interior de un Estado sin tener en cuenta el efecto de los movimientos internacionales, que en España tienen gran importancia, no sólo por las importaciones y exportaciones de bienes y equipos sino, especialmente, por la cuestión del turismo. Soy consciente de que analizar la situación económica de un país sin considerar la interdependencia creciente con otros ámbitos tiene limitaciones importantes pero me pasan dos cosas: que si tengo poca ciencia para contar lo que voy a contar a continuación la tengo menos para ampliar el alcance al entorno internacional, y que si me enrollo mucho no vais a leer lo que escriba.

Lo cierto es que todos/as estamos esperando los datos de crecimiento del PIB como referencia privilegiada para saber si estamos saliendo o no de la crisis. Pero también sabemos, y ahora deberíamos recordar, que los crecimientos del PIB de las últimas dos décadas, basados en una economía especulativa y burbujeante, eran un bluff y no se correspondían, al menos en una parte significativa, con la evolución de la economía real. Dicho de otro modo, hemos consumido y producido por encima de nuestras posibilidades y necesidades. ¿Queremos volver a hacerlo? Porque ciertamente es lo que parece que estamos intentando.

Los Estados están metiendo dinero en el sistema para relanzar el consumo de todo tipo de productos y lograr así que las empresas sigan produciendo esos bienes, en muchos casos innecesarios, y evitar la pérdida de puestos de trabajo. Eso si hablamos de iniciativas como la del Plan E, por ejemplo. El Estado da dinero a los Ayuntamientos, para que éstos contraten arreglos de aceras, en los que trabajen miles de personas que en otro caso estarían paradas, para que puedan seguir cobrando unos salarios, con los que seguir consumiendo como antes, los productos que fabrican otras empresas, en las que trabajan personas que de no producir estarían paradas, para que puedan seguir cobrando unos salarios, con los que seguir consumiendo, .... y así sucesivamente. ¿Todo bien? No, hay un problemilla: el Estado tiene que obtener ingresos para que todo este prodigioso proceso se produzca. Y, una de dos, o sube los impuestos a la gente, con lo que reduce la capacidad de consumir, o se endeuda. Pues a endeudarse, ¿no? Ya, pero lo de endeudarse, que yo he defendido en anteriores entradas y sigo defendiendo pero con la condición de saber para quénos endeudamos, es pan para hoy y hambre para mañana. Y es que las deudas hay que devolverlas y hay que pagar intereses por ellas y para eso se siguen necesitando ingresos en las arcas de los Estados.

Además, a lo que hacen los Estados y su impacto en la ciudadanía tendríamos que añadir otro hecho que, al menos a España, afecta de forma preocupante: el enorme endeudamiento actual de las familias, derivado de las adquisiciones de viviendas a precios desorbitados realizadas en los últimos años. Aunque la carga de esas deudas ha mejorado con la rebaja de los tipos de interés, sigue siendo una pesada carga, cuya reducción, ante la incertidumbre sobre el futuro, empiezan a proponerse muchas personas; o sea, empiezan a reducir sus niveles de consumo, con las consecuencias que más arriba he comentado.

En cuanto al dinero que estamos invirtiendo en los bancos y las cajas (vía ayudas estatales o participaciones preferentes, convertibles y cosas así) me parece que no están sirviendo para mucho, salvo para seguir garantizando los beneficios de esas entidades y para generar nuevas burbujas como la que aparenetemente se está repitiendo en los mercados bursátiles.

¿A qué nos lleva todo esto? Pues a mí me lleva a pensar que un posible relanzamiento económico basado en el consumo y en la profundización del individualismo insolidario tendría bases extremadamente frágiles y, por lo tanto, enormes posibilidades de fracasar otra vez. Sin embargo, creo que afrontar esta situación desde la solidaridad, la austeridad y la ecología (no podemos olvidar el daño que estamos haciendo al planeta y la imposibilidad de éste de aportar indefinidamente recursos para el "financiar" el hiperconsumo) tiene más posibilidades de prosperar.

¿Y en qué propuestas concretas se traduce esta reflexión? Pues empezando por lo del indivdualismo, que en última instancia me parece lo más importante, yo diría que ha llegado la hora de renunciar al mismo como base del crecimiento de una sociedad. No digo renunciar a la iniciativa personal creativa pero sí al individualismo entendido como hacer (gastar) yo lo que quiera independientemente de lo que les pase a los demás. Tenemos que generar un ambiente propicio a la innovación y para eso hay que "cuidar" a la persona, pero debemos evitar que el enriquecimiento insolidario y competitivo sea de nuevo el faro que nos deslumbre.

En segundo lugar, ha llegado el momento de la redistribución. No podemos aceptar que nuestra sociedad viva en una desigualdad flagrante con millones de parados y unos pocos miles de personas con enormes riquezas. Debemos revertir la herencia de las pasadas décadas. Y eso se hace con los impuestos y con los apoyos sociales que los más afectados por la crisis necesiten. Y no lo planteo para inducir otra vez un hiperconsumo sino para garantizar la cobertura suficiente de las necesidades que consideramos básicas en nuestras sociedades occidentales.

Y en esto de la solidaridad sigo pensando que la mejor inversión es la que podemos hacer ayudando a los pueblos pobres de la Tierra. Recibiremos de ello mucho más de lo que nos imaginamos.

En tercer lugar, es tiempo de renunciar al consumismo sin límite y de recuperar modos de vida más humanos: menos estres, más tiempo para la relación y la vida creativa, ...

En cuarto lugar, creo que el papel de los Estados debe ser reforzado, con el fin de que cumplan con su responsabilidad al menos en las siguientes materias: difusión de los valores a los que antes me he referido (solidaridad, innovación, trabajo en equipo, austeridad, ...), garantía de cobertura de las necesidades básicas de toda la población, impulso a nuevos modos ecológicos y eficientes de desarrollo económico, educación para la innovación, ... y otras cosas que seguro se os ocurren a quienes leéis esto. Todo ello requiere de instrumentos de actuación potentes (no vale con subvencionar) que deben ser gestionados de modo transparente, eficaz y eficiente.

En resumidas cuentas: no suframos tanto por las caídas del PIB y preguntémonos cómo generamos riqueza que tenemos y cómo la distribuimos.

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