lunes, 2 de julio de 2018

Hombres con alma (borrador sujeto a discusión)



1.       Manifestaciones del 8 de marzo. Me recuerdo debatiéndome y consultando a otras personas sobre si era oportuno que los hombres asistiéramos a las movilizaciones. Al final, decidí no acudir.

2.       Una red social. Una madre se pregunta en su muro si tiene que decirle a su hija que no vaya a los Sanfermines, que no baile, que no beba, que no sonría o que no se quite la camiseta a riesgo de que todo eso se considere incitación a tener sexo y a dejarse hacer cualquier cosa por los hombres que la vean. Le contesta otra madre: “Yo le diría: hija, no seas tan lerda y no te pongas en tetas delante de 200 descerebrados”.

3.       Mensaje de un grupo feminista de Pamplona desautorizando la petición de que las mujeres no acudan a Sanfermines lanzada en algunas redes sociales: “La estrategia no debe de ser que las mujeres desaparezcan de los espacios, sino todo lo contario, que los tomen, que los arrebaten, que se empoderen, que los peleen. Porque la calle, la noche y las fiestas también son nuestras!”

4.       En un “taller vivencial para hombres” en el que participé por casualidad hace unos meses tuve la oportunidad de repasar la historia de los hombres de mi familia e identificar los elementos comunes. Muy interesante.

Flashes como éstos me hacen preguntarme: ¿En qué momento de esta revolución feminista nos encontramos? O mejor, ¿en qué momento de esta revolución en la manera de concebirnos a nosotros/as mismos/as desde la perspectiva de género y de relacionarnos hombres y mujeres (y asumo en estos términos la diversidad en la que estos conceptos puedan entenderse) nos encontramos?

El “No es No” gritado de las manifestaciones fue un primer paso imprescindible. Se trataba de frenar de raíz una inercia cultural que nada tiene que ver con el principio de igualdad que de forma mayoritaria afirmamos, al menos teóricamente, como ciudadanía. Es un grito desde la parte que sufre el acoso y con cuyo origen los hombres solo podemos conectar de forma racional. El otro grito de las manifestaciones, “Yo sí te creo”, configura una alianza basada en el apoyo y la cercanía, y es condición para el cambio interior y punto de partida para otros cambios sociales, legislativos, etc. Y con esto sí creo que los hombres podemos sintonizar emocionalmente.

Me he referido al cambio interior porque tengo la convicción de que solo estamos al principio de un proceso que debe ir más allá de las cuestiones legales para asentarse en las conciencias de las personas. De hecho, aunque se requieren aún numerosas actuaciones de las instituciones para garantizar la igualdad, pienso que el entramado legal está razonablemente adaptado a los nuevos tiempos. También estamos avanzando en conciencia social, gracias al trabajo realizado por el movimiento feminista y que ha tenido su decantación más llamativa en las manifestaciones del 8 de marzo. Pero el camino para modificar las conciencias individuales es más lento.

Me parece (como voy a hablar de mi percepción sobre lo que viven las mujeres me puedo equivocar totalmente) que lo vivido en las manifestaciones y la sororidad experimentada a través de las redes sociales y de los medios de comunicación en general han permitido a muchas mujeres modificar/reforzar algo en su interior. Si a eso añadimos que desde hace años muchas de ellas han asistido a cursos y seminarios de empoderamiento en sus diferentes formas nos encontramos con un escenario propicio al cambio, que les está ayudando, y esto es especialmente importante para las jóvenes, a despegarse del modelo de dependencia respecto del hombre que habían heredado de épocas anteriores y resituarse en una posición que exige igualdad efectiva. Les queda todavía mucho trabajo por hacer, mucho que empoderarse, pero ya están caminando.

Pero ¿qué pasa con los hombres? El objetivo ¿no debería ser que los 200 descerebrados a los que se refiere “esa madre tan prudente” modificaran su forma de sentir/pensar de tal forma que al ver a una mujer con el busto descubierto en el medio del txupinazo sanferminero lo consideraran como una expresión festiva sin más? Pero, ojo, utilizo ese ejemplo para caricaturizar y hacer más entendible el argumento, pero me refiero de igual modo a la inadecuada forma de relacionarnos con las mujeres que, de forma continuada o en determinados momentos, podemos tener muchos otros hombres que no dudamos en considerar un abuso despreciable esa actuación de Pamplona. ¿Es suficiente el “No es No” para impulsar los cambios necesarios? Es cierto que muchos hombres habrán reaccionado ante ese eslogan preguntándose qué es lo que estaba pasando e interiorizando que algo habría que cambiar, pero la herencia que hemos recibido está demasiado arraigada en nuestro interior como para que ese cambio se produzca de la noche a la mañana y solamente asentado en una reflexión racional. Mientras no seamos conscientes de esa herencia emocional recibida y aprendamos a modificarla, no avanzaremos de forma efectiva en igualdad aunque aprobemos las leyes más feministas que se puedan imaginar.

Las mujeres están haciendo su camino y necesitan hacerlo en un primer momento entre ellas, congregando energía femenina para promover el cambio en sus conciencias y en la sociedad. Los hombres tenemos que hacer algo parecido. Como he dicho más arriba, asistí a un curso en el que tuve la oportunidad de experimentar y compartir con otros hombres qué es eso de ser hombre. Y ahí descubrí que la herencia que hemos recibido en esta materia es bastante parecida entre nosotros y que, juntos, tenemos la posibilidad de acompañarnos en los procesos de cambio necesarios para empoderarnos como hombres nuevos que se relacionen en libertad con las nuevas mujeres que está promoviendo esta revolución.

A las mujeres les puede resultar extraño que hable de empoderamiento de los hombres (¡como si no estuviesen suficientemente empoderados!, dirán algunas) pero es que no estoy hablando del modelo de hombre que la sociedad ha acuñado hasta ahora, sino del hombre que reconoce sus limitaciones y sus heridas; del hombre que pide ayuda; del hombre que se deja cuidar; del hombre que abraza con el corazón; del hombre que se enternece y no siente vergüenza por ello; del hombre que acoge la herencia recibida y aprende a agradecer todo lo bueno que le han legado, que es mucho, y a revisar lo que no le hace más hombre.

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